El concursante perfecto

Alexandre Kantorow acaba de ganar el primer premio del Concurso Tchaikovsky. Y aunque no he seguido todas las pruebas con continuidad, sí creo haber entendido algunas cosas de lo que ha pasado en Moscú.

Kantorow toca muy bien. Pero también tocaban bien —muy bien— otros finalistas. Todos, de hecho. Las diferencias, este año, eran especialmente pequeñas. No había ningún outsider como lo fue Lucas Debargue en 2015, ni claros bajones de calidad, tanto es así que para buscar algo que comentar las redes sociales se entretuvieron con el desgraciado error de programación que afectó a An Tianxu, quien se vio obligado a tocar los conciertos previstos pero en orden inverso. An Tianxu se negó a repetir la prueba, tal como se le ofreció, y, al haber sido eliminadas previamente algunas figuras más mediáticas como Malofeev, le dejó la final en bandeja a Kantorow. Pero esta victoria es, en mi opinión, un reflejo de tendencias muy claras en la interpretación pianística actual, y de una estrategia perfecta que, en mi opinión, merece un comentario.

Kantorow ha ganado, en primer lugar, por lo que ha tocado, aún más que por cómo ha tocado. De esto estoy totalmente seguro, aun sin haber hablado con ninguno de los miembros del jurado (quienes, por otra parte, probablemente tampoco se reconocerían al 100% en estas palabras). Y lo que ha tocado es un programa que poco o nada tiene que ver con el clásico “programa de concurso”. Lo ha tocado bien, pero, si nos ponemos exquisitos, ha habido concursantes que han fallado incluso algunas notas menos que él. La cuestión es que si fallas un par de notas en el Segundo Concierto de Tchaikovsky, en un concurso donde los otros seis finalistas (¡6!) tocan el Primer Concierto de Tchaikovsky, lo que pierdes no es nada con respecto a lo que ganas. El Segundo Concierto de Tchaikovsky, sinceramente, es un obra difícil de hacer que funcione en una sala de concierto; no es casual que el único pianista de fama mundial que haya creído de manera continuada en él fuera Emil Gilels, y que incluso a él le haya costado que el público internacional se fascinara por esa obra. Pero es una pieza ideal para este concurso. Este y no cualquier otro concurso, porque en éste hay que tocar obligatoriamente un concierto de Tchaikovsky (y no solo, sino junto a otro de otro compositor), y casi todo el mundo toca el Primero. Sin olvidar que al pensar en el Segundo pensamos enseguida en Gilels, músico muy ligado a ese concurso y cuya memoria está extremadamente viva todavía. Sin olvidar que, aunque ese Segundo Concierto de Tchaikovsky resulte hoy una obra tan difícil de ubicar, tiene algunos momentos ideales para un concurso, que suenan muy frescos si los tocas realmente bien (como el final de la cadencia del primer movimiento y el enlace con la entrada de la orquesta), y que la propia orquesta, agotada ante tanto repetir una obra como el Primer Concierto, se acabó por involucrar inevitablemente más.

Por otra parte, como segundo concierto de la noche, Kantorow eligió el Segundo Concierto de Brahms, lo que comparado con tantos Terceros de Rachmaninov, Rapsodias sobre Temas de Paganini y Terceros de Prokofiev era, de entrada, la única obra de autor no ruso. Pero, sobre todo, en el mundo de tópico en el que nuestra música está tan sumergida, significa de entrada desplazar la contienda a otro terreno. Por muy virtuoso que sea el Segundo de Brahms, con él vienes a decir: “no me valores por la cantidad de notas que hago sino por cuán buen músico que soy”. Lo que es ridículo, obviamente: como si no fuera necesario hacer música con Rachmaninov. Pero así de atados estamos a esos sistemas de categorías. Y, en el contexto de ese concurso, era una jugada perfecta, especialmente este año en que no había dos pruebas con orquesta separadas como pasó en la edición anterior, cuando los finalistas se midieron con Mozart antes de sacar la artillería en la última prueba.

Pero no solo el programa de la final era ideal. Si miras en perspectiva las dos pruebas anteriores, la obra maestra se completa. La primera prueba era, claramente, para asegurar, aunque con un guiño clarísimo con la pieza breve de Tchaikovsky, donde la Meditation op. 72 nº 5, pieza que ya perteneció al repertorio de figuras legendarias del pianismo ruso como Sviatoslav Richter y hoy poco tocada, pero que sigue siendo defendida en público —mira por donde— por dos figuras como Yevgeni Kissin y Denis Matsuev, quien precisamente presidía el jurado este año. Esto entraña un riesgo, obviamente: como tu interpretación se aleje mucho de la suya, puedes tenerlo en contra. Pero como no sea así, va a haber seguro una empatía con la obra. A todos nos pasa: escuchar en una masterclass o en un concurso una obra poco tocada pero muy amada nos predispone positivamente, siempre. Por lo demás. máxima calidad, mínimo riesgo. Perfecta la elección del preludio y fuga, del estudio de Liszt, del estudio de Rachmaninov; nada de aventuras con peligrosos “clasicismos”.

El punto culminante de esa obra maestra que fue el programa de Kantorow llegó con la segunda prueba, que era donde había más libertad de elección. Y la elección fue, a decir poco, sorprendente. Mucho Brahms, y no del más escuchado: las dos Rapsodia op. 79 y la Sonata op 2 (creo que jamás he visto esa sucesión de obras en ningún programa de concurso), la Suite del Pájaro de fuego en la transcripción de Guido Agosti (completa, no sólo la “Danza infernal” que ahora se ha puesto tan de moda) y luego (¡para acabar!) el 6º Nocturno de Fauré. Parece un absurdo error de disposición, y no: fue perfecto. Porque el público acabó por aplaudir a rabiar al finalizar Stravinsky, de modo que esa maravillosa pieza de Fauré sonó a “éste es un bis”. Y yo soy un poeta, y además francés, así que os regalo una pieza de mi tierra y cerramos la velada con un hermoso pianissimo. ¿Se puede imaginar algo más ingenioso, si lo que quieres es que te vean como un gran músico, y no como un mascador de notas?

Si a esto le unimos el aspecto especialmente desaliñado con el que Kantorow, en esa segunda prueba, salió a escena, la sensación que transmitía era un perfecto retrato del antidivo únicamente entregado a su música y no en alguien interesado en “gustar”, ya sea con su virtuosismo o con su imagen exterior. Es decir, exactamente lo contrario de lo que una parte esencial de los profesionales de la interpretación musical (de los que estaba compuesto el jurado) acusan el actual mercado de la música.

Y luego —de esto también estoy seguro, pero creo que ha influido mucho menos de lo que podríamos imaginar, y en todo caso de modo indirecto— está la cuestión de que Kantorow es hijo de quien es: el fabuloso violinista Jean-Jacques Kantorow, ahora muy activo también como director. Me imagino acerca de esto que surgirán los clásicos comentarios: “esto es una mafia, se lo reparten entre amigos, etc. etc.” Y yo, en cambio, creo que éste no es el punto. Es que un tipo como su padre sabe bien cuál es el mundo real de la interpretación actual. Sabe, de entrada, que hay muchas más posibilidades de que te compren por un “artista único” que por ser el mejor haciendo lo que hacen los demás. Y ahí está la elección inteligentísima del repertorio, la impecable puesta en escena e incluso, por qué no, el peinado ligeramente diferente en cada prueba, que en cada caso estaba perfectamente en línea con el momento que ocupaba esa prueba en el conjunto del concurso.

Kantorow ha sido el justo ganador de una competición: sus jugadas han sido perfectas y se ha llevado el premio gordo. Uno (sólo uno) de los ingredientes era tocar bien. Y lo ha hecho. Ahora la competición se ha acabado. Le espera el resto. Si sabe ajustarse a las circunstancias tan bien cómo ha sabido ajustarse a éstas, es posible que tengamos pronto en él a un pianista de fama mundial. Pero ésa es otra competición, con otras reglas, así que habrá que ver cómo le va.

Sowing

This is a very, very special photo for me. Emilia Fadini and Laia Martín, one next to another. You can not see me, because I was 600 km away, but at the same time I’m there, 100%. From Emilia Fadini, today still very bright at 89 years old, a thousand things emerged in my life. In those distant years 80, my passion for questioning about the music I did found in her and her courses a path that led from then, solidly, to look at the treaties (even more than the instruments) the answers to the questions that arose when observing the scores. Thanks to her I discovered the clavichord, I heard for the first time the names of Santa María, Diruta, and many others whose existence I know that many of my readers have discovered in my books, and I began to live in first person an intimate way of sharing music whose values had nothing to do with the ones that were being proposed to me, in those same years, in the conservatory classes.

This week, at 20th FIMTE – International Festival of Spanish Keyboard Music, so brilliantly organised by Luisa Morales, Emilia has shared the FIMTE Symposium with Laia Martin, who from that lineage is, in many ways, the continuation. Without me being seen, in this picture I am in the middle. As the current teacher of one and the old student of another, seeing them together gives me a wonderful feeling. Without what I saw in those Emilia classes, I doubt that Laia would even know who I am, nor would I be orienting her doctoral thesis at the University of Aveiro, nor would she, most likely, have been in Mojácar this week. And that is the meaning of that peculiar sowing that is teaching. Teaching and also writing, which allows you to share with many people what you consider important even away from your physical presence, in a process that often ends in a future whose trajectories move far, out of sight. But when these trajectories intersect, as has happened these days in the FIMTE, even without having been there, happiness is very deep.

Cosas-que-acabas-haciendo-si-te-quedas-una-semana-seguida-a-solas-con-tus-hijos (IV y última)

Ultimo post de la serie, que toca volver al trabajo. Pero si se trata de volver, entonces ahí está algo al que nunca me canso de volver, una y otra vez: ese placer inconmensurable de mi niñez que fue el LEGO. Y ver cómo entre las manos de mis hijos (y en las mías, no nos engañemos) se va uniendo año tras año, irremediablemente, a esa otra presencia indeleble en mi vida que es Star Wars. Vi en el cine “A New Hope” con mi padre en 1977 y todavía me acuerdo de ese día como si fuera ayer: 42 años ya de convivencia con esa saga. Y ahora, literalmente, Imperio y Resistencia invaden nuestra casa… Con la pequeña curiosidad que hacer y rehacer estas naves de LEGO, con las que creo disfrutar yo aún más que ellos, es la única actividad en mi vida en la que no siento la necesidad de buscar la originalidad. Tocando, escribiendo, dando clases, viajando, planificando cualquiera de mis actividades, siempre siento que no sería yo si no lo hiciera todo “a mi manera”. Aquí, poner la pieza exacta en el lugar exacto es el mayor de los placeres (tanto que a veces entiendo un poco al padre protagonista en la sombra de “LEGO The Movie”… ¡qué gran metáfora, ese filme!). A veces incluso me entra la duda: ¿no estará asomándose ahí mi verdadero yo conformista? En realidad, lo veo sobre todo como un pequeño mecanismo de compensación, una forma de concebir ese juego como un espacio de relajación mental, pero la sensación no deja de sorprenderme. Y, por si acaso, ahora mismo voy a dedicar unas horas, hoy que por fin puedo, a esas actividades en las que tanto disfruto trazando caminos no convencionales. ¡Mis inVersions necesitan atención!

Cosas-que-acabas-haciendo-si-te-quedas-una-semana-seguida-a-solas-con-tus-hijos (III)

He pasado una parte consistente de estos últimos cuatro días encontrando entre los tres el lugar adecuado para las 1500 piezas de este puzzle. Aprendiendo, de paso, la localización exacta de lugares tan diversos como las Islas Tokelau, South Georgia o Jan Mayen (geolocalización incluída, porque esos mares, incluso en un puzzle, son inabarcables si no cuentas con meridianos y paralelos). Pero también acompañado de la incómoda, persistente pregunta de por qué los humanos necesitamos tanto esas fronteras, ese repartirnos el planeta en forma de patrias y banderas. La próxima vez, con mis hijos, voy a hacer un mapa físico. Mucho más difícil aún, lo sé, pero más próximo a cómo me gusta pensar nuestro mundo.

Cosas-que-acabas-haciendo-si-te-quedas-una-semana-seguida-a-solas-con-tus-hijos (II)

Impacta, sí. Ver cómo alguien mucho, mucho más joven que tú (11 años, ahora mismo) resuelve en una hora esa locura que es el Square One Cube, recién incorporado a su serie particular de variantes del cubos de Rubik… Será amor de padre, y sé que hay gente mucho más rápida que él, pero yo que no sé hacer con facilidad ni siquiera una cara del más banal 3×3 me quedo sin palabras viéndole resolver cualquiera de éstos, a menudo en pocas decenas de segundos o en algunos minutos. Y mi admiración por el creador de toda esta locura, Ernö Rubik, sigue creciendo día a día. Que alguien pueda llegar a ser el hombre más rico de Hungría con sólo crear algo tan pequeño, armonioso, portátil, inocuo e inteligente como este cubo me parece de esas realidades que te hacen creer en la humanidad. Falta nos hace…

Cosas-que-acabas-haciendo-si-te-quedas-una-semana-seguida-a-solas-con-tus-hijos (I)

Ocho días a solas con dos muchachos de 7 y 11 años dan para mucho. Y algunos de esos momentos se prestan a un breve comentario en este blog. El primero surgió al ver en pantalla grande “Entrenando a tu dragón 3”, posiblemente la película de dibujos animados visualmente más impresionante que yo haya visto jamás. Sería un goce increíble de principio a fin, si no fuera porque su trama tan insufriblemente heteronormativa acaba por estropear el espectáculo a quienes estamos sensibilizados con el tema. Es una lástima, realmente: un paso más en la conocida, militante y omnipresente inculturación infantil. Y eso que esas imágenes, esos colores y otros muchos detalles de la películas tienen tal eficacia que no creo que se me olvidarán jamás. Algo así como el goce que suelen producir las buenas producciones de la Flauta Mágica, Madama Butterfly o Turandot cuando no salen de los cauces tradicionales.

Oblivious to the 9th

I have just emerged from the performance of Beethoven’s 9th by the OBC, the Barcelona Symphony and Catalonia National Orchestra, which programmed this week’s event to include a bold staging design in the hands of a company with a strange name, one I’d heard in glowing reports from other shows: the Agrupación Señor Serrano.

They probably are great at doing other things, but I found this 9th horrendous, to put it frankly. The orchestra fulfilled its role. The choir (the splendid Orfeó Català) was magnificent. Perhaps some of the soloists could have been better. But it is impossible to view a production of this kind as anything but a whole, and there was no way to make sense of that whole.

You know I don’t like to speak ill of what I haven’t liked, so in such cases I usually keep my mouth shut and let it go (yes, well, there are also times when I don’t respond because I haven’t got time, so don’t go thinking that if I haven’t written about a concert or a CD you’ve given me that it must be because I don’t like it!). In this case, though, I think voicing some thoughts is warranted.

The principal idea, which the project had already announced in writing, was not bad: read this very “European” work as a reflection on Europe. The idea of a garden as a metaphor for the common European project, collectively watered and tended (1st movement); the struggles and clouds that darken it (2nd movement); the nostalgia and consideration of the many things we’ve botched (3rd movement); and a road full of hope towards the future, one built on affection, caring, and hugs (4th movement). Fantastic up to this point.

But hang on: in this all you actually see is plenty of goodwill. The reality, minute by minute, bar after bar, is that there was no relation with the music’s unravelling. No dramatic crescendo (precisely in this work!), no relation between what we hear and what we see (an old and common problem in many operatic staging ideas too). Spectacular—in its absurdity— was the entrance of the theme of the fourth movement, following the recitative: an entrance that went completely unnoticed, lacking even a brushstroke in the staging direction. But this was the tip of the iceberg. In neither the entrance of the “Turkish” variation or the a cappella variation was there any attempt at all to capitalise on these moments by having them coincide with something. Huh?! As if there, in the music, nothing significant happens!

Then there’s the ideological drift. Europe is going bad because we have “let the weeds grow” and haven’t known how to put up the right “fences”. But exactly this, mind (and take note: as if weeds growing in a garden can be avoided by fencing; little do I know about gardening but I think I grasp this much)! Yep, boldly essentialist and ethnicist, straight up. So, there it is, something that can even be seen as a revealing metaphor of the kind of Europe that some really desire: a fenced-off garden, managed from above, and in which we are the plants at the mercy of our lords and masters.

And not one nod to the internal problems, to the hierarchies between states, to what happened in Greece, to the inability to manage Mediterranean conflicts. Not one wink! A few well-known faces (Merkel, Lagarde, y other local figures), all in a directionless succession in which you could find Napoleon, Hitler, Casals, Freud, or Delacroix’s La liberté guidant le peuple. One brief flash, indeed, of Putin, and in another a keyboard with Cyrillic letters. ¿What’s this about? Are we to blame Europe’s problems, then, on the Russians? Well I never would have guessed!

And so, the biggest booing I have ever heard at Barcelona’s L’Auditori. I imagine that what may have most upset many spectators will have been all the explicit phallic images and the salaciousness of the couple scenes in the final minutes. This struck me as nothing more than gratuitous. But for one reason or another, I know this entire spectacle, in all its parts, just did not make sense. I prefer not to know how much public money was spent on it.

The difficulty is that, given its fatuity, the only sensible response was to boo it, which is what many of us did (though clearly wanting to distinguish the music from the staging, because the former was worthy in all ways), and this booing lumps you in with those who would have joined in the catcalls out of distaste for anything that doesn’t conform to the “usual”. But honestly, this is NOT the reason here. And it makes me doubly uneasy because the one time money is invested in something different, programming such a horror show instead of something truly valid and sound makes it more difficult next time the chance arises to be daring.

What a great shame! Truly. And a magnificent reminder that we have to be very, very dexterous when we try something different. People who know me also know how open I am to innovation, and in recent times I actively engage in this as a creative artist. But not anything goes, because there are many different ways to get across ideas within music, especially when words and staging can be used. Yet so often it is banality that rules, and this makes life so much more difficult for those of us who have things to say that do not fit in traditional channels.

Feminismo, música clásica, orquestas juveniles y Despacito

En mi reciente gira en Chile, entre clases, seminarios y un concierto muy especial, la periodista Lorena Ruiz me invitó al programa Ciudad Mosaico de Radio Valentín Letelier, la radio de la Universidad de Valparaíso. La peculiaridad de esta entrevista es que el programa estaba dedicado a problemas de inclusión social, y en él nunca antes habían tenido como invitado a un músico. Estoy muy feliz de haber podido compartir con los oyentes tantas ideas no estrictamente musicales (¿acaso las ideas “estrictamente musicales” existen?) y mis posiciones al respecto al rol de la música clásica en la sociedad de hoy. Feminismo, diversidad social y jerarquías dentro y fuera de la música, Jorge Peña Hen y los sistemas de orquestas juveniles, y, por todas partes, mucha política. Pero también Star Wars y las princesitas Disney, recuerdos de infancia, Despacito y la música latina, desvaríos diversos sobre comida italiana, chilena y de otros lugares, y unas cuantas cosas más. Aquí está, completo, el podcast. Un bello recuerdo de un viaje inolvidable, y que no será el último en aquellas increíbles tierras. ¡Hasta muy pronto, Chile!

Cara maestra

Post pubblicato in spagnolo nel blog www.musikeon.net il 14 aprile 2017.

 

Ricordo ancora come se fosse ieri l’emozione di percorrere quel corridoio e, al termine trovare, settimana dopo settimana, quella stanza. Quindicenne, nel pieno delle tempeste emotive di quell’età, con una lista esageratamente lunga di cose che credi di NON volere dalla vita, pensando e dicendo ogni giorno frasi delle quali oggi non sai se ridere o piangere, quelle lezioni di pianoforte nel Liceo Musicale di Monza erano una piccola ma fondamentale certezza. Lì incontavo finalmente una guida musicale sicura, dopo degli inizi che era stati emozionanti ma francamente confusi. Ora ricevevo consigli che funzionavano, direttrici chiare, un lavoro paziente e ordinato, e non per la qualche giorno o alcuni mesi, ma per lunghi anni. E questi anni, queste certezze, avevano un nome: Emilia Crippa Stradella, l’unica vera maestra di pianoforte che io ebbi l’occasione di avere mai. Quella vitalità, quella voce inconfondibile che ti salutava sempre con un sorriso, quel tratto affabile e a volte rigoroso, in una donna non tanto anziana, allora, ma dal cui aspetto trasparivano l’umltà e l’austerità di coloro che vivono la docenza con una dedizione totale… tutto quello era un universo.

Dopo di lei arrivarono altri obiettivi e altre prospettive, ma non avrei mai più ritrovato quella sensazione di essere davanti ad un cammino chiaro e definito, e allo stesso tempo con la certezza di poterlo percorrere a modo mio. Non oso neppure immaginare quanto dovesse essere complicato avere me, sedicenne, come allievo. Io che volevo dare l’impressione di sapere già tutto avendo tanto, tanto da imparare, con un ego gigantesco ma sempre in cerca di me stesso. In quegli anni così complicati, lei sapeva sempre essere al suo posto. Riuscì a farmi lavorare a fondo le Invenzioni a due voci di Bach, l’Op. 740 di Czerny, il Gradus ad Parnassum, ma non frenò la mia voglia di affrontare gli Studi trascendentali, la Vallée d’Obermann, la Waldstein, la Quarta ballata, Jeux d’Eau o a quella piccola follia che è Rounds di Luciano Berio. Ha lavorato con me opere che non aveva mai insegnato a nessuno, e sempre aveva tanto da dire, diteggiature efficaci, consigli utilissimi, e sapeva convincerti che, per quanto grande fosse il desiderio di mangiarsi il mondo, non potevi fare il passo più lungo della gamba. Furono quelli degli anni emozionanti, difficili ma sempre intensi, in cui la musica finiva per essere il denominatore comune di tante esperienze… e lei era sempre lì. E poi aveva quella forma suprema di saggezza che è il fidarsi dei colleghi e contare su di loro. Mi accompagnava quando altri mi facevano lezione, annotando ogni cosa, e facendo loro domande sempre pertinenti. E volle sapere dove studiavo: venne a casa a vedere il pianoforte a coda che i miei genitori avevano appena ha comprato, e fu quella l’unica volta che la vidi suonare, un’esecuzione dello Studio op. 25 n° 1 che è ancora impressa nella mia memoria, con la sua mano piccola e le sue dita già scolpite dall’artrite, ma in grado di estrarre piani sonori che non avevo mai sentito così da vicino.

Il passare degli anni, gli studi con altri docenti più famosi, i viaggi e il vivere in un altro paese fecero sì che il suo ricordo, col tempo, si allontanasse. Ma presto mi trovai io stesso ad insegnare, e ad avere la prova di quanto sia difficile accompagnare un giovane musicista nella ricerca del proprio cammino; e questo mi ha portato ad apprezzare sempre di più quello che lei aveva fatto. Lo aveva fatto con me e con centinaia di allievi nel corso di più di sessant’anni di carriera, meritando appieno il Giovannino d’Oro che ricevette nel 2012, il riconoscimento più prestigioso della città in cui era sempre vissuta, Monza. In questi ultimi anni andai a trovarla varie volte, e mi sembrava sempre la stessa, sebbene si lamentasse del fatto che la salute non era più quella di una volta. Volli presentarle i miei figli, farle omaggio di una copia dei libri che stavo pubblicando, e l’ultimo concerto del nostro Tropos Ensemble, a Milano, David Ortolà ed io abbiamo voluto dedicarlo a lei. Sapevamo che non sarebbe potuta venire di persona, ma che cosa significava per me quel concerto glielo scrissi in una lettera e glielo dissi in quella che fu la nostra ultima conversazione telefonica.

Emilia Crippa Stradella, la maestra Crippa, l’unica vera maestra di pianoforte che ho avuto, ci ha lasciato qualche giorno fa. Un venerdì santo. Che coincidenza… Quasi una metafora, si direbbe. Se la Settimana Santa ci parla di morte e di resurrrezione, del trionfo dell’amore sulla caducità del tempo (indipendentemente dalla forma in cui ciascuno possa volere viverne il senso religioso), allora è davvero il momento ideale per riflettere sul senso ultimo dell’insegnamento, del vero insegnamento, quello che permea la nostra vita e ci fa diventare quelli che siamo. Perché insegnare è lasciare un’eredità, e far vivere il tuo esempio negli altri. E se è vero che è un’enorme responsabilità farsi carico dell’educazione di quelli che verranno dopo di noi, certo non lo è da meno racccogliere questo testimone e restare all’altezza degli esempi che hai avuto.

Dopo una vita intera dedicata alla docenza e ad una meravigliosa famiglia dalla quale tanta arte è germogliata in forme diverse, l’eredità di Emilia Stradella non andrà perduta: vive e vivrà in tutti noi, noi che abbiamo avuto la fortuna di averla vicino. Oggi io sento soprattutto il bisogno di dire: grazie, maestra. Ma so anche che da oggi in poi dovrò insegnare di più, e insegnare meglio. Più seriamente, più pazientemente, più umilmente. E che mai mi dimentichi di salutare con un sorriso sincero.

El partido de mi vida

Será porque tengo un hijo que juega al fútbol (y muy bien, que conste), pero el momento en que se encuentra mi vida profesional no consigo imaginarlo sin acudir a una metáfora futbolística. Hace ya un tiempo que lo pienso: estoy a punto de saltar al campo para jugar la segunda parte del partido de mi vida. Quizás algo tenga que ver el hecho de haber pasado hace poco los 50. O el hecho de llevar 25 de vida profesional, así que otros tantos vividos a este ritmo empezarían a dar ya un balance aceptable. El caso es que, en muchos sentidos, lo que se abre ante mí tiene que ver con un cambio de campo y es, a la vez, la continuación de lo que he hecho hasta ahora. El cambio de campo lo hará el idioma, sobre todo: el inglés se va a convertir en una presencia fundamental como lo ha sido hasta ahora el español. Con la publicación en inglés de mis dos primeros libros va a haber muchos viajes a lugares que hasta ahora no he visitado (o, si lo he hecho, no lo he hecho por motivos musicales), y el inglés va a ser la lengua vehicular de todo esto, aunque todo apunta a que el español, el portugués, el catalán y el italiano sigan allí presentes, con el cariño de siempre y muchas ocasiones para mantenerlos cerca, física y emocionalmente).

Esta segunda parte voy a intentar disfrutarla tanto como he hecho con la primera. Y espero poderlo hacer también porque el primer tiempo no ha ido mal. Ha habido momentos difíciles, por supuesto. Pero si lo pienso como un partido de fútbol creo que en el conjunto voy ganando. Las situaciones que no han ido como me hubiera gustado no son tantas como aquéllas en las que la realidad ha superado mis propias expectativas. Así que este primer tiempo me deja margen para gestionar el resultado. Porque, en el fondo, creo conocer el marcador: voy ganando 4-1. Lo veo tan claro que me atrevo a hacer mi pequeño resumen del partido hasta el momento:

  • Min… 1984, más o menos. Llega la mayoría de edad. Lo anterior había sido un entrenamiento, dicen, porque todo apunta a que es ahora cuando empieza el partido de verdad. Eso, por lo menos, es lo que la sociedad quiere que pienses. El caso es que los primeros minutos de esa vida de adulto supuestamente responsable muestran que la pretemporada no había sido planificada adecuadamente. Los esquemas trabajados en conservatorio no funcionan en la cancha. El equipo se esfuerza pero no hay orden en el juego. Los continuos cambios de disposición en el campo contribuyen al desorden. Pocas acciones de gol y muchos riesgos en defensa. El “catenaccio” resiste a duras penas (¡y eso que soy italiano!). Pasan unos años y la portería se mantiene a cero de milagro.
  • Min. 1991: 1-0. El que se estaba convirtiendo en un partido muy complicado da un giro inesperado. Una carambola en el área contraria genera una situación confusa, de ésas que hoy se revisarían con el VAR. Pero aquí no hay duda: la pelota acaba en la red. El árbitro da por buena la acción, y es una de esas acciones que representan un antes y un después: me voy a vivir a España. Gol sorpresa, que cambia por completo el rumbo del encuentro.
  • Min. 1995: 1-1. El entusiasmo por el descubrimiento de la musicología y de la música antigua crea una fase convulsa, que se concreta en muchas acciones de ataque no siempre claras; algunas de ellas casi acaban en gol pero la ventaja no se concreta y la presión en ataque deja desamparada la defensa, que renuncia definitivamente a la carrera concertística. Empate.
  • Min. 2001: 2-1. Se publica mi Historia de la técnica pianística. Un golazo de chilena de aquéllos que necesitan una dosis colosal de suerte, por mucho que hayas entrenado duro, y que sólo pueden salirte si te dan una asistencia a medida (y lo hicieron: gracias Luis por ese pase que nunca agradeceré lo suficiente, a Belén por la pared, y qué visión de juego tuvo Almudena al comenzar ella sola ese contraataque…). El caso es que el gol lo ve mucha gente, incluso muchos que hasta el momento no estaban siguiendo el partido. Ventaja y aumento repentino del apoyo de las gradas.
  • Min. 2003: una sustitución importante da nuevo impulso al centro del campo. Silvia entra en mi vida. Se funda Musikeon. La pelota se mueve ahora más rápida, con inesperadas triangulaciones multiculturales y largas jugadas colectivas capaces de llevar la pelota de un lado al otro de un campo que se hace más grande por momentos.
  • Min. 2010: 3-1. Son los años del Barça de Guardiola y algo parecido está pasando aquí: un largo e interminable tiki-taka, emocionante y entretenido. Finalmente, tras 7000 pases en los que interviene de una forma u otra todo el equipo (y qué equipo inolvidable, el de esos años…), la pelota llega al área y, tras tocar en el larguero, acaba finalmente en la red (léase: doctorado y publicación de la tesis, es decir, Beethoven al piano).
  • Min. 2012: 4-1. El partido parece encarrillado y con controlar el centro del cambio podría ser suficiente, pero… una carambola colectiva que envolvió 42 jugadores y 20 pianos genera una acción de contraataque totalmente inesperada cuyo mérito principal es de David Ortolà, una de esas personas capaces de inventar lo que nadie más podría inventar. Sobre el empuje de aquellos 20 pianos, el Tropos Ensemble empieza su camino. Un gol que no estaba en la pizarra de nadie. Por ello sabe aún mejor.

Y aquí estamos, ganando 4-1. ¿Contra quién? Contra nadie, en realidad, lo que es muy bueno, porque significa que de todos modos tu posible victoria no supone la derrota de otro, lo que siempre ha sido mi problema, en todos los deportes (de ahí que mis deportes favoritos sean, en realidad, aquéllos donde no se compite contra nadie, como el alpinismo). Ahora bien, una opción razonable, llegados a este punto, sería administrar el resultado. La otra es aprovechar la suerte que has tenido por intentar lo que, de otro modo, quizás no podrías, o sería demasiado arriesgado. Si ganas 4-1, puedes intentar alguna que otra volea imposible, goles olímpicos y regates de esos que te sale una vez cada diez, e incluso pensar en alguna sustitución arriesgada. Aunque esto suponga ciertos riesgos, porque pueden marcarte algún que otro gol al contraataque. Pero… ¿y si alguna de esas acciones entra?

Esto es lo que pienso hacer en estos próximos 25 años: disfrutarlos en el campo, uno a uno, libro a libro, concierto a concierto, clase a clase, tesis a tesis, esperando que, con ello, disfruten los demás. Y, sobre todo, que haya algo que recordar. Como siempre dijo Socrates, el gran futbolista brasileño de mi infancia (y activista admirable, por cierto): lo importante no es ganar, sino que se acuerden de ti. Yo me acuerdo perfectamente de él.